Proceso Galeote. El juicio. Discursos. Última palabra. Séptima sesión 6/10/1886

SÉPTIMA SESIÓN 6/10/1886

“Con la expectativa de que hable Galeote, hay hoy, si cabe, más tumulto que en los días anteriores; sin duda se espera que la función será divertida y dramática al final, porque el género de ficción de locura es conocido. También el número de entidades del bello sexo que acude a honrar con su presencia el espectáculo, se ha elevado esta mañana al cubo. Diálogos animados se mantienen desde los bancos periodísticos a los bancos donde lucen sus gracias hermosas y distinguidas señoritas. Los pocos curiosos que esperan turno alrededor de las Salesas hacen equilibrios sobre los charcos.”

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Periódico El Salón de la Moda. nº 74 Trajes de Paseo. Año 1886

A la una en punto entran los miembros del tribunal en la Sala, ocupando sus respectivos asientos, así como el fiscal y la defensa.
Galeote entra en el salón más risueño que de ordinario. Antes de ocupar su puesto, pregunta al presidente:— ¿Hoy me toca a mí hablar? ¿No es verdad?

Presidente.— Audiencia pública. Continúa la vista de la causa comenzada.
El público penetra en el salón, causando el consiguiente barullo.

Discurso del defensor Sr. Villar Rivas

Hasta el instante preciso en que S. S. puso término a la sesión de ayer, y porque lo creo lo digo, me parecía haber cumplido con los deberes que me imponía mi cargo. Ahora dudo y vacilo si debo o no seguir llamándome abogado de Galeote.
¡Desgraciado si le declaráis culpable, y más desgraciado aún si lo declaráis loco! ¿Qué podré yo deciros que no os haya dicho ya la sabiduría de los peritos médicos? ¿Cómo he de llamarme yo defensor después de la brillante defensa que ayer oímos de labios del señor fiscal.

Cuando S. S., con su talento, no ha podido con vencer a nadie de la cordura de Galeote, es que no hay demostración posible. Podrá creerse de buena fe en su cordura; pero lo que no es posible es su demostración.
El informe del fiscal no ha convencido a nadie más que al mismo procesado, a D. Cayetano Gáleote, que interrumpía al representante de la ley para adherirse a sus manifestaciones.
En la mente del ministerio fiscal hay una serie de incongruencias, de juicios encontrados. Ya lo considera perfectamente cuerdo, ya considera que Galeote se halla en esa zona media que señalaban los médicos, ya, en fin, reconocía que tan solo podía ser el procesado un candidato a la locura.
S. S. incurría en grave error al creer que la Sala, que tiene amplias facultades para fallar con arreglo a su conciencia, debía sujetar, como en tiempos pasados, sus fallos a los límites estrechísimos que señala el Código penal, que marca las reglas generales y no cita las excepciones.
Yo me constituí en la celda del procesado, observé a Galeote, hice que le visitara el más sabio de los alienistas españoles, y poco a poco vino a mi ánimo el convencimiento de su locura real, que en un tiempo creí fingida. Yo creí que el reo fingía su locura, y tuve que constituirme en guardián suyo, y solo cuando los más reputados alienistas hicieron sus observaciones, excepcioné la locura. No cabe fingimiento en la locura de ese reo. No hay en él intervalos de razón, está siempre con el delirio

Cuatro alienistas han declarado loco al procesado, uno no lo cree aún del todo loco, pero sí predispuesto, y el último lo cree cuerdo.
El señor fiscal advertía a la Sala que no tenía la obligación de pasar por las declaraciones de los cuatro primeros peritos; pero en cambio quería hacerla fijar en las declaraciones de los otros dos. Por la teoría del señor fiscal, el Código penal cierra las puertas completamente al problema de la locura. No hay más locos legales, en su concepto, que los imbéciles y los delirios furiosos, pero no el delirio de persecución y otras manías.
La acusación fiscal advertía su libertad a la Sala ¿Pero qué clase de libertad es esta? ¿Es una libertad moral, es que puede sustraerse a la opinión de la ciencia si ésta se aviene con su conciencia? No. La Sala, tiene libertad, es cierto, para no conformarse con la opinión pericial; pero es una facultad legal, una libertad legal, mas no una facultad moral, no una libertad moral. El hombre no se convence cuando quiere; el convencimiento es un acto involuntario. Los hechos exigen muchas veces peritos. Si se tratara, por ejemplo, de una causa de envenenamiento, había necesidad de peritos competentes para determinar si había mediado o no el hecho de la intoxicación. Ahora bien; de esta teoría se desprende que respecto a los hechos y al convencimiento, la Sala no tiene un salvoconducto en la ley para faltar a su conciencia, aunque tenga facultad material para ello. Además, el criterio racional se inclina del lado de las cuatro ilustraciones y especialidades, y no del lado de los dos peritos, no especialistas. La ley sigue el criterio racional.
Para combatir ese dictamen pericial es necesario dar razones en contra; no basta con citar artículos de la ley.
Las reglas del criterio racional tienen que inclinarse necesariamente a las cuatro ilustraciones médicas que le han declarado loco, y no a la opinión tan poco valiosa de dos médicos que no han observado al enfermo con detenimiento, según confesión propia, y que ni siquiera se hallan de acuerdo entre sí en sus apreciaciones.
La ley pide al magistrado el convencimiento racional, no el fundado en impresiones particulares. Por eso la ley dice a sus representantes: falla, pero tus fallos han de tener resultandos y considerandos.  ¿Dónde iríamos a parar si se fallara por opiniones particulares, por simples impresiones?
Ahora bien; ¿dónde están las razones que destruyen la opinión científica de los peritos?
Parece como que se desprendía de las palabras del señor fiscal que se veía obligado a pedir la pena de muerte para Galeote. ¿Dónde está ese deber?
Es más: incurrirían los magistrados en irreligiosidad, toda vez que la religión católica, la del Estado, la condena. No debe mantenerse la pena de muerte basándose en el mandamiento de la Ley de Dios: «No matarás».
Mucho podría hablarse de esto, pues el artículo 11 de la Constitución da sobrados argumentos pues deroga hasta cierto punto la imposición de la pena de muerte.

La Constitución vigente era la aprobada en 1876 que se mantuvo hasta 1923 con el golpe de estado de Primo de Rivera, de momento la más longeva de la historia de España, 47 años.  El articulo 11 decía: La religión católica, apostólica, romana, es la del Estado. La Nación se obliga a mantener el culto y sus ministros. Nadie será molestado en el territorio español por sus opiniones religiosas ni por el ejercicio de su respectivo culto, salvo el respeto debido a la moral cristiana. No se permitirán, sin embargo, otras ceremonias ni manifestaciones públicas que las de la religión del Estado.

Todos los sacerdotes que han declarado aquí han consignado que prestaban juramento con permiso de sus superiores. Ninguno se ha olvidado de este requisito.
En cambio, todos, todos, menos uno, se han olvidado consignar que su declaración se considere nula si por ella ha de imponerse la pena de muerte.
!Qué triste espectáculo han dado los intérpretes de la religión!

Galeote.—¡Ahí, ahí, a la verdad, a eso!

Presidente.Orden, orden. El ujier impondrá silencio al procesado.

Continúa el Sr. Villar Rivas su elocuente discurso haciendo un elogio de la juventud brillante que presencia este juicio. Esta juventud habrá visto uno de los primeros juicios orales de España.
Aquí se ha dejado amplia libertad a la defensa y ésta no tiene palabras con qué dar las gracias al tribunal por la latitud que ha concedido a esta información.

Galeote: No es cierto; todas son confusiones.

El defensor califica el hecho de autos de hecho brutal; pero, al fin, cometido por un loco.

Galeote hace signos negativos.

Está planteada una cuestión de hecho. Por eso yo no considero necesario hacer artificios de retórica, ni necesito traer autores alienistas, ni de otro género; me basta con las razones que han sentado los peritos, y que están en pie sin refutación.
Creo muy gratuita la afirmación de que la ciencia frenopática no tiene medios de esclarecer de un modo evidente la locura. Lo que habrá es que este procedimiento no es matemático, exacto; pero no puede pasar desapercibido a los ojos de la ciencia el estado del enfermo.
Si esta ciencia es tan oscura, tan difícil, ¿quién puede hacer esas observaciones sino los frenópatas?
Si el problema de la locura existe evidentemente; si ese problema es difícil, ¿quién puede resolverlo que no haya estudiado la ciencia frenopática?

Galeote pide permiso para salir un momento del salón.

Concedido por la presidencia, suspende el defensor su discurso hasta que regrese el procesado.

El Sr. Villar Rivas reanuda su interrumpido discurso. Yo hubiera querido que S. S. no hubiese invocado ninguna consideración, señor fiscal; que no hubiera venido aquí a hablar más que en nombre de la verdad y por la verdad. Yo hubiera querido que S. S hubiera modificado sus conclusiones, dando el valor que tienen a los brillantes informes de los doctores Vera y Simarro y a los hechos escuetos de gran valía sentados aquí por el Sr. Escuder donde nos hablaron de los estigmas somáticos de la locura, los datos hereditarios y de la angustia vesánica que sufre el procesado enfermo.
Estos hechos aislados, cometidos por un demente, no desquician la sociedad, en nombre de la cual hablaba el señor fiscal.
Decía S. S. que la locura de Galeote no cabe en el Código penal. ¿Y por qué? ¿Por qué discurre?. Pero ¿discurre con acierto, o parten sus juicios todos de una falsa apreciación de su honor y de su personalidad?

Galeote—dice el defensor—no obra por un estado pasional, sino por un delirio sin causa objetiva, sino por algo fingido por el delincuente. Refiere la historia de un alumno de derecho romano que tuvo delirio de persecución, para sacar un ejemplo de la locura de Galeote. Examina el defensor la última carta de Galeote, manifestando que las amenazas de ella son consecuencias del delirio.

El delirio de Galeote es un delirio razonador: hé ahí todo. Cuando él defiende su crimen tiene tales razones para justificarlo, que pone en grave aprieto al que con él discurra sobre este punto.
Y sin embargo, la inteligencia de Galeote es muy mediana, y en todo lo que no se refiera a estos hechos su elocuencia es muy escasa. Aquí no ha de prevalecer la opinión del señor fiscal, ni la mía, ni la de nadie, sino la del que tenga más razón. Por eso debe prevalecer la opinión de los peritos.
¿Cómo ha de negar el señor fiscal que antes de entrar Galeote a decir misa en la capilla del Cristo ya tenia los caracteres somáticos de una raza degenerada?
¿Se pueden negar tampoco los antecedentes de su familia, una familia de locos y enfermos?. Entre la pasión exaltada y el acto de Galeote hay una diferencia notable. La pasión se manifiesta en un momento dado. El delirio de Galeote es constante.
Todos nos hemos convencido aquí de que nadie ha tratado de perjudicarle. Galeote está, sin embargo, persuadido de lo contrario; cree que todos se confabulaban para hacerle daño.
Él cree también que su crimen era tal, y que era un hecho reprobado el cometerlo, y sin embargo, por una fuerza irresistible lo ejecutaba.
Habla el letrado de las declaraciones de algunos sacerdotes, en las cuales se revelan las atenciones que se hacían al procesado.

Galeote.—Falsedades… ¿hablo ahora?

….Si cuando el procesado dirigía sus pasos a la Iglesia de San Isidro hubiera encontrado a alguna persona que le hubiese asegurado que estaba recomendada su colocación, es indudable que Galeote hubiera desistido de su crimen. Es muy fácil torcer su resolución en un momento dado, aun cuando vuelva luego a insistir en su anterior idea.
Galeote estaba verdaderamente mimado por el obispo. Era más atendido de lo que su personalidad merecía, y sin embargo, éste hiere y mata a su protector.
Hé ahí el delirio.
Los actos que se ejecutan cómo los ha ejecutado Galeote, no son de un criminal. Un criminal, por regla general, se resiste y se coarta la retirada.

Galeote.—No es eso, no es eso. Por ahí no. (Se mueve nervioso en su asiento.)

El Sr. Villar Rivas añade: mi convencimiento es completo. No finjo una comedia.
Si no creyera en su locura, pediría clemencia, que hoy es día de perdón, ya que las lágrimas de un pueblo se convierten en agua de bautismo para llamar a la reina la Clemente.

Última palabra. Habla el procesado.

Cayetano Galeote se pone de pie, diciendo: Ahora me toca a mí.
Presidente.— Acérquese el procesado. Le advierto que no ha de ofender a nadie en sus declaraciones, y que ha de manifestar de palabra lo que crea conveniente.
Procesado.- Voy a ser muy largo: tengo que defender mi honra ante el público para que se entere de todo.
Presidente.—La ley prohíbe que lea usted nada: ha de ser de palabra.
Procesado.—Pues no estoy conforme con la ley. Tengo que explicar mis cartas.
Galeote comienza a referir la historia de su viaje a Madrid, y su estancia en el Cristo, etc.

Galeote vuelve a contar la historia de su estancia en Madrid ya conocida pero con algunos nuevos detalles: que el padre Gabino no le pagó más que 10 reales de una misa, de los cuales dos eran en plata y falsos.
Ese señor, que ahora no me conoce, recibía con frecuencia, sobre todo por Pascua, obsequios míos de pasas y otras cosas.
(Galeote acciona y gesticula con calor, haciendo inflexiones de voz que producen gran hilaridad. Se pone las gafas y lee una carta al padre Vizcaíno, que dice es más digna de lo que merecía el tal padre.)
Tengo que hacer que no se me escape nada, señor presidente. Algunas cosillas se me escapan, pero ya hay bastantes.
Continúa su historia, diciendo al presidente, que se distrae:
—Óigame y tenga paciencia, señor presidente.
Presidente.— Si todo eso lo tiene usted dicho en la primera declaración.
El Procesado se encoje de hombros y continúa su relación.
—Es que no quiero que se me escape alguna cosilla.
Presidente.— Yo le ruego que deje aquí esos papeles para que el tribunal los examine.
Procesado.—Es que yo no pido clemencia, sino justicia. Y quiero que el público se entere y que se me juzgue bien y se me haga justicia.
Continúa su relación exaltado, limpiándose el sudor, a la vez que dando puñetazos en la mesa.
Dando golpes en la mesa y refiriendo que no le querían dar explicaciones de la separación de su cargo, dice:
—Hé aquí la piedra fundamental de todo.
Refiere los pasos que dio para obtener su reparación, llamándose irónicamente criminal.
(La hermana de Galeote y doña Tránsito se retiran llorando del salón.)
El guardia civil hermano del procesado sigue atentamente la relación de su hermano.
(Entran en el salón el Sr. Linares Rivas y el señor duque de Frias con su señora).

Presidente.—!Pero si todo eso lo ha dicho usted con las mismas palabras!
Procesado.—No importa, aquí entra el chuleo.
Continúa Galeote la relación de todas sus entrevistas con el padre Vizcaíno, el padre Gabino, el cura de Chamberí, el secretario del obispo, etc., etc.
Finaliza cada período de justificación con esta frase: Este es el criminal, señor fiscal, este es Galeote.
—El obispo no parece por ningún lado, a pesar de mis instancias, señor fiscal. El prelado quería meter el clero en un puño, pero mi caso le sirvió para asustar a todos.
Durante esta larga relación Galeote se mueve sin cesar, subiendo y bajando un escalón al centro del estrado.
El Presidente insiste en que todo lo que se refiere al procesado lo conoce ya la Sala.
Galeote.—Es que se le va a escapar al público la mejor carta.
Lee la carta certificada dirigida al secretario del obispo.
(Preguntando a la Sala): ¿Se enteran Uds.? Este es el loco y el criminal que busca el crimen.
Ocupándose del padre Gabino, dice:
—!Buen chasco me he llevado! ¡Cuidado que yo le creía mi amigo! ¡Cómo me engañó el ingrato! ¿Dónde está el obispo y el secretario? ¿Es su conducta la que ordena la doctrina cristiana y la mansedumbre de la Iglesia?
Presidente.—No ofenda usted en ningún concepto la memoria del prelado. Si no tiene usted nada nuevo que decir, no puede continuar.
Galeote dirigiéndose al presidente:
Yo protesto, yo protesto dando puñetazos en la misma mesa del presidente.
Un ujier le sostiene y éste forcejea para librarse de él.
El presidente agitando la campanilla. — Queda vista esta causa.
Galeote sigue protestando, llora y grita a la vez.
—Esto es una farsa, esto es una farsa.
—Todos tienen empeño en que yo no me justifique.
—No estoy loco, he obrado como todo hombre honrado a quien se le ataca.
El presidente, en voz alta: La Guardia civil hará que se despeje la sala inmediatamente.

Cinco minutos después salia el procesado entre guardias civiles en dirección al coche celular, tapándose la cara con los hábitos como si se avergonzara de que vieran sus lágrimas o de que no se hubiera hecho lo que él cree su justificación.

La Sala tiene tres días de término para comunicar la sentencia.

El discurso de defensa del Sr. Villar Rivas ha merecido entusiastas elogios de todas las personas ilustradas que han escuchado la oración del joven letrado.

  1. El día de los hechos, la instrucción y la calificación

  2. Primera Sesión del juicio Galeote

  3. Segunda Sesión del juicio Galeote

  4. Tercera Sesión del juicio Galeote

  5. Cuarta Sesión del juicio Galeote

  6. Quinta Sesión del  Juicio Galeote

  7. Sexta Sesión del Juicio Galeote

  8. Discursos. Última palabra

  9. La sentencia

  10. Recurso ante el Tribunal Supremo

  11. Final