La leyenda de la Armengola

Según la tradición oral esta es la leyenda de la Reconquista de la ciudad de Orihuela a los árabes que se conmemora anualmente el 17 de julio. La noche de la víspera, sobre los torreones ruinosos del antiguo castillo resplandecen dos luceros. Por la mañana el Ayuntamiento, bajo mazas, porta la histórica señera del Oriol al templo de Santas Justa y Rufina. Allí se celebra un solemne acto religioso, y el Concejo escucha el relato de la hazaña, que un predicador expone desde el púlpito, luego la señera recorre las calles de la ciudad con las comparsas cristinas y moras.

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«Era arráez o alcaide de Orihuela el moro Benzaddón. Habitaba con su familia y los soldados de su guardia dentro de la alcazaba y castillo, situados en la cumbre del monte a cuyo pie se extiende la ciudad.

En el arrabal de los mozárabes oriolanos, denominado Roche (el Rojo) Rabalocche, vivía con su marido, Pedro Armengol, y dos o tres hijas suyas una mujer conocida por la Armengola, que había sido ama o nodriza de los hijos del alcaide. Por tal motivo el moro le tenía gran afecto y le dispensaba su protección.Se habían conjurado los árabes de Murcia con los de Granada para rebelarse por sorpresa una noche (la del 16 de julio), contra los cristianos de aquel reino, al que pertenecía entonces Orihuela, y degollándolos a todos, sacudir el yugo de Castilla.

Benzaddón avisó en secreto a la Armengola de lo que se proyectaba, con el deseo de librarla a ella y a su familia de la general matanza de cristianos. Este fin ofreció franquear al ama, a su marido y a sus hijas la entrada de la alcazaba y ampararlos dentro del castillo.

La cristiana corrió a anunciar a los suyos la infausta nueva; y queriendo aprovechar en salvación de todos los cristianos la circunstancia favorable que se le brindaba, ideó la estratagema siguiente:   hizo vestir con los trajes de sus hijas a dos o tres jóvenes, los más valientes del arrabal, y que ocultasen las armas bajo los vestidos mujeriles. Uno se llamaba Ruidoms y otro Juan de Arún.Acompañada de ellos y de su marido, la nodriza se dirigió a la puerta de la alcazaba cuando vino la noche.
Al ¿Quién vive? de los centinelas moros, ya prevenidos por el alcaide, la mujer, que iba delante, contestaba:—¡La Armengola, su marido y sus hijas!
Al darles paso, los cristianos degollaban en silencio, uno tras otro, a los guardas. Así llegaron hasta el castillo.

Para guiar a los heroicos cristianos en su nocturna empresa dispuso Dios un milagro. Era víspera de la festividad de las santas vírgenes Justa y Rufina, patronas de Sevilla, y éstas, transformadas en dos luceros esplendentes, aparecieron en el cielo y descendieron hasta el monte. Una se situó sobre el homenaje y la otra en los torreones del arrabal.

La Armengola y sus acompañantes lograron penetrar también con su ardid dentro del castillo. Al conocer la traición los moros opusieron una desesperada resistencia. La heroica nodriza, con un asta en la mano, combatía varonilmente. El alcaide se defendió con bravura: hirió a Juan de Arún y ambos murieron peleando. La lucha fué tenaz y encarnizada. Los cristianos habían echado los cerrojos a las puertas y nadie podía escapar a dar aviso de lo que ocurría.

La mujer del alcaide —la “reina mora”, como el vulgo dice—, huyendo del furor de los asaltantes, se arrojó con una niña pequeña por una ventana a un precipicio.
Mientras acababan de apoderarse de la fortaleza los compañeros de la Armengola, ésta bajó al encuentro de los demás cristianos que ya subían guiados por los resplandores celestiales de las dos santas. Fácil y prontamente el castillo y la alcazaba quedaron en su poder; y mientras unos enarbolaban la Cruz en la más alta almena, otros libertaban a muchos cautivos cristianos que gemían en las mazmorras de la fortaleza.

Una oración de gracias y un himno jubiloso de triunfo rasgaron en lo alto con su clamor el trágico silencio de aquella noche gloriosa. Cuando los moros acudieron al Arrabal Roche con el propósito de cumplir su designio, se vieron sorprendidos por la intrépida hazaña de la Armengola y por la noticia de la reciente llegada a la comarca del ejército de don Jaime el Conquistador. Se acobardaron y huyeron despavoridos.» Justo García Soriano

Armengola
Monumento a  la Armengola en Orihuela

Y de esta forma nos cuenta la leyenda de la Armengola el universal poeta oriolano Miguel Hernández:  

Aben-Mohor, en el castillo ingente
del cual es él alcaide omnipotente,
advierte que la invicta
y católica prole de Orihuela
a sus tiranas leyes se rebela,
y esta sentencia irrevocable dicta:
¡Oh, mi guerrera y valerosa grey…!
Pues que no quieren acatar mi ley
esos tigres, vergüenza de Mahoma,
¡matadlos! y mostradme sus despojos
antes que de un día nuevo vean mis ojos
la luz dorada que en oriente asoma…
¡Que no quede uno solo con la vida
de esa rebelde raza aborrecida
que mi maldición es y mi desdoro!
Esto dice feroz el agareno,
e impávido y sereno
húndese en su sitial de seda y oro.
¡Ay, pueblo de Orihuela! ¡Cómo ignoras
la horrible trama que las furias moras
han concebido para disolverte!
¡Cómo vives ajeno de trastorno
sin ver que de ti en torno
su vuelo funeral alza la muerte…!
Mas no; que una hija tuya fiel y hermosa,
altiva y valerosa
cual la misma Leona de Castilla,
que del infante del visir malvado
ha tiempo está al cuidado,
advertida del plan, que maravilla,
le causa al par que espanto,
otro ella peregrina en su quebranto
idea, acepta, traza
y lo emprende con tino y diligencia
del alcaide acudiendo a la presencia,
decidida a salvar su noble raza…
¡Señor! Diz que exijiste que perezcan
las oriolanas gentes cuando crezcan
las sombras y florezcan las estrellas;
¡por Mahoma que esta bien que lo exijas!
Mas ¿dejarás morir a mis dos hijas
y a mi esposo con ellas…?
¿Permitirás que quede triste y sola
la infeliz Armengola…?
¡Oh espejo de Alá a quien mi voz dirijo,
no acepte tal tu espíritu sereno!
Recuerda que con sangre de mi seno
medrando está tu hijo…
Si lo olvidas, señor, si ves con calma
que pierdo lo que es alma de mi alma,
no te extrañe si al puro fulgor blanco
con que la aurora los espacios llena,
ves desde una alta almena
mi cuerpo en los abismos de un barranco…
Esto dice a los pies del moro en tanto
que brillante de llanto
entre las manos la mejilla esconde;
y el moro, tras mirarla un breve instante,
pausado y arrogante,
sin ver que se traiciona, le responde:
¡Por Mahoma que más no has de apenarte!
Parte en buen hora hacia tu choza, parte
y conduce hasta aquí tu tribu amada:
más …, júrame antes, jura
que por tu boca sonrosada y pura
los sentenciados no han de saber nada…
 

-Yo os prometo ¡oh señor! que por mi boca
nada sabrán.- En su alegría loca
que ahogar procura, exclama con firmeza…
Sale; abandona el sólido castillo,
desciende el Arrabal, y su sencillo
plan, animosa con su gente empieza.
Avisa al hijo del monarca santo
que en la ganada Murcia se halla; en tanto
apresta a su oriolana brava gente
a la lucha como un segundo Marte,
y al castillo con tres valientes parte,
tres disfrazados convenientemente…

La noche ya ganó la excelsa altura
y los cuatro deslízanse en la oscura
sombra con precauciones bien prolijas
hasta la entrada de la fortaleza…

¿Quién va…? –dice una voz con aspereza.
¡La Armengola y sus hijas!
Sin advertir el moro lo postizo
tiende aprestado el puente levadizo
para que la heroína pasar pueda:
y es él el que primero
al ancho filo de un cortante acero
por la montaña atravesado rueda.
De los tres oriolanos precedida
atraviesa los salones la atrevida
e iluminada hembra:
y cual el huracán que se desata
aquí hiere, derriba allí, allá mata
y en todas partes el espanto siembra…

Cuando el alba rompiendo los cendales
de sombras en los diáfanos cristales
del cielo muestra su fulgor divino,
vese como tremola mansamente,
sobre almena insolente,
el lábaro triunfal de Constantino.
Es la señal que aguarda Alfonso el Sabio,
que con trémulo labio
a sus huestes que lleguen les ordena
a la ciudad, donde los ya vencidos
moros lanzan rugidos
de rabia, de odio y pena.
Y llega a la ciudad el regio infante;
y cuando ante sí tiene a la arrogante
mujer, por la que el lábaro tremola
triunfal, le grita a la oriolana gente
¡De Teodomiro digno descendiente
eres…! ¡Pero más digna, tú, Armengola

Miguel Hernández “La Reconquista”, revista Voluntad,  1930

 

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