La campana de Huesca

Muerto sin hijos Don Alfonso I el Batallador, rey de Navarra y de Aragón, quiso dejar por herederos de sus estados a los caballeros templarios.

Ni Aragón ni Navarra quisieron reconocerlos, por ser tal el testamento contra los fueros de ambos pueblos.

Los navarros, reunidos en Pamplona, deciden alzar por Rey a García Ramírez, nieto de aquel noble Sancho V que murió en Peñalén, víctima de la más odiosa de las traiciones.

Los aragoneses, convocados a Cortes en Monzón, —las primeras en que al lado de la nobleza y del clero tomó parte el estado llano, — proclamaron al hermano de Don Alfonso, llamado Ramiro II el Monje, fraile profeso en Saint Pons de Thomières , abad luego de Sahagún, obispo de Burgos y Pamplona; quien, mediante la dispensa de todos los votos religiosos, que obtuvo del Papa Inocencio II, casó con Doña Inés de Poitiers, hermana de don Guillen, conde de Aquitania, de la que tuvo una hija que se llamó Petronila. El reinado de Don Ramiro no podía ser dichoso, y no lo fue.

Ramiro II el Monje. 1634. F. Ariosto. Museo del Prado

Grandísima la diferencia y terrible el contraste entre los dos hermanos. Alfonso, tenía por sobrenombre el Batallador; Ramiro, era conocido por Cogulla (Hábito con capucha que visten algunos religiosos de vida monástica).

El uno, había vivido en los campamentos; el otro, en los claustros. Alfonso solo había pensado en esgrimir la espada; Ramiro había consagrado su existencia a la oración. El uno, había ganado veinte y nueve batallas; el otro, cedió a Don Alfonso VII de Castilla la ciudad de Zaragoza, con la parte del reino de Aragón de este lado del Ebro, reconociéndose su feudatario, retirándose a Huesca y contentándose con el título de rey de Aragón, Sobrarbe y Ribagorza.

¿Cómo extrañar que aquellos orgullosos infanzones, a los que pretendió ganar con ricas mercedes de castillos y lugares, le despreciasen, llamándole el Rey Cogulla, deseosos de gobernar el Reino a su voluntad? ¡Ni cómo extrañar, tampoco, que el monarca, cansado de sufrir sus insolencias, tratase de ponerlas coto?

Cuéntase que Don Ramiro, víctima de los nobles, rey sin corona, señor sin mando, envió un mensajero al abad de Saint Pons de Thomières , en cuyo monasterio había sido religioso, consultándole qué debía hacer para salir de tan triste situación; y que el abad, llevando al mensajero a la huerta e imitando el ejemplo de Tarquino, en Roma, empezó a derribar y descabezar las más altas y lozanas plantas, diciéndole:

Contad al Rey lo que habéis visto. Es cuanto se me ocurre aconsejarle.

Enterado Ramiro, y habiendo comprendido el significado de lo hecho por el abad, convocó en Huesca a todos los ricos-hombres y procuradores de las villas y lugares de Aragón, exponiéndoles su deseo de fundir una campana cuyo sonido se escuchase en todo el Reino, a fin de convocar a las gentes, siempre que de ello tuviese necesidad. Burláronse los magnates de aquella idea, propia, según ellos, de un espíritu tan menguado.

Don Ramiro, firme en su propósito, trabajaba secretamente para realizar su terrible proyecto.

Existe en el antiguo palacio real de Huesca, más tarde Universidad, una pieza subterránea, a la cual se baja por el salón principal; la estrecha escalera prepara a encontrar, como se encuentra, un calabozo de cortas dimensiones, con alta bóveda, formada por dos grandes arcos cruzados, de extremidades semicirculares y techo redondeado como a torno, a estilo de las capillas bizantinas, de ovalada figura y grosera cornisa que gira alrededor, a la altura del arranque de los arcos. Sus muros denegridos permiten contar los gruesos sillares de que se componen,a la luz de dos altas ventanas, estrechadas hacia afuera, hasta concluir en verdaderas rendijas, sin mentar otra, tapiada, a cada extremidad.

Los insolentes varones habían sido llamados a palacio por el Rey Cogulla, de quien se prometían burlarse una vez más, sin respeto a que era el Monarca por ellos elegido y sacado de su retiro —sin pretenderlo.

Muchos de ellos bajaron a la lúgubre estancia, destinada a servirles de rara sepultura, ya que en ella el Rey Cogulla les había preparado confesor y verdugo.

A su voz fueron acudiendo, uno a uno, los poderosos señores Lope Ferrench de Luna, Rui Jiménez de Luna, Pedro Martínez de Luna, Fernando de Luna, Gómez de Luna, Ferriz de Lizana, Pedro de Bergua, Gil de Atrosillo, Pedro Cornel, García de Vidaura, Ramón de Foces, García de la Peña y Pedro de Luesia…

Sus cabezas, chorreando sangre, formaron un horroroso círculo, semejando la forma de una campana.

Llamó de nuevo Don Ramiro, y bajó el Arzobispo Don Ordas, magnate de gran poder. Bien pronto su cabeza, separada del tronco, sirvió de badajo a la prometida campana, colgada de la argolla que aún subsiste en el centro de la estancia anteriormente descrita.

La voz del Rey Cogulla seguía llamando a los que arriba esperaban, y que, al descender por la funesta escalera, se detuvieron horrorizados, iracundos, recelosos.

Esta siniestra estancia es conocida con el nombre de la campana, como teatro de la sangrienta tragedia ocurrida en su oscuro recinto.

La leyenda del Rey Monje. CASADO DEL ALISAL, JOSÉ 1880. ©Museo Nacional del Prado. Expuesto en la actualidad en el llamado Salón del Justicia del Ayuntamiento de Huesca.
Museo de Huesca con planta octogonal y anexo al Antiguo Palacio Real siglo XII lugar donde se sitúa el relato de la campana y donde está la sala

Disgustado Don Ramiro del gobierno, dice un notable historiador, por no estar habituado al desasosiego de los negocios, juntó Cortes en 1136 para anunciar su resolución de abandonar la corona, abdicándola en su tierna hija Doña Petronila, cuya mano estaba dispuesto a ofrecer al Rey de Castilla, Don Alfonso, para su primogénito. Los nobles y procuradores lograron persuadirle de la conveniencia de desposarla con el Conde de Barcelona, Don Ramón Berenguer, así por su valor y virtudes, como por la vecindad de los dos estados y la mayor analogía de costumbres entre aragoneses y catalanes, que ofrecían superiores ventajas. Así lo reconoció Don Ramiro, y, hallándose el 11 de agosto de 1137 en Barbastro, concertó el matrimonio de Doña Petronila y Berenguer, a los que el día 24 prestaron las Cortes juramento de obediencia, retirándose el Rey-monje a hacer una vida oscura en Huesca, Borja y San Juan de la Peña, hasta más de mediado el siglo XII, en que falleció. De su esposa Dª Inés, apenas si quedó memoria alguna, en vista de la resolución de su esposo, se retiró igualmente a la vida privada. Del claustro había salido, y al retiro volvió aquel hombre singular que, con su aparente debilidad, sin valor para la guerra ni habilidad para el gobierno, realizó una de las venganzas más cruentas o una de las justicias más terribles que registran las páginas de nuestra historia.

Petronila Ramírez y Ramón Berenguer IV. 1634. F. Ariosto. (copia) Museo del Prado

Casado del Alisal, reprodujo en su hermoso cuadro el histórico suceso. Aquel instante crítico está visto, cogido, según la feliz expresión de un eminente crítico, con sumo talento: el dibujo es franco, la ejecución afortunada, inspirando la escena más horror que la misma lectura de tan cruento suceso. La cabeza del Rey está bellísimamente pintada. Su actitud no puede ser más fiera. Parece decirles a los ricoshombres, en son de reto: «¡Bajad si os atrevéis!…» Y los orgullosos varones, con la mirada baja, sorprendidos a la vez que aterrados, no se atreven a descender la escalera fatal. E. Rodríguez Solis

Sala de la Campana. Recuerdos y bellezas de España. ( 1839 -1865 ) Piferrer Litógrafo Francisco Javier Parcerisa.

La historia de la campana de Huesca tiene su origen histórico documental en dos fuentes distintas: los Anales Toledanos y la Crónica de San Juan de la Peña de la que derivó un conocido Cantar. Ramiro II el Monje reinó en el breve período de 1134 a 1137, dejando el reino a su hija Petronila tras el acuerdo matrimonial con Ramón Berenguer IV mediante la llamada renuncia de Zaragoza.

Ramiro II de Aragón comunica a sus súbditos que ha hecho donación de la hija y del reino al conde Ramón Berenguer, de Barcelona. Zaragoza, 13 de noviembre 1137. Real Cancillería, Pergaminos de Ramón Berenguer IV, núm. 85. ACA

Algunos consideran que parte de la historia es leyenda basada en relatos similares referidos al poder y narradas por Heródoto, Aristóteles o Tito Livio, si bien, los historiadores Federico Balaguer y Antonio Ubieto Arteta  descubren en fuentes árabes la existencia de una crónica sobre un ataque cristiano a un convoy musulmán, que fue castigada por el rey Ramiro II. Ubieto afirma que en el verano de 1135 un grupo de magnates pudo participar en el saqueo de la caravana islámica cuyo paso por el territorio aragonés estaba protegido por la tregua real. Por ello, quizás, lo narrado en la campana sea el castigo a estos hombres que no respetaron la tregua. Pero, sobre todo, revisando las tenencias de las plazas por parte de ricoshombres de Aragón, «hay un testimonio irrefutable de la desaparición de estos nobles de las nóminas de tenentes de honores de los meses posteriores al verano de dicho año de 1135

La Campana de Aragón de Lope de Vega

La Campana de Huesca. Versión novelada por el que llegaría a ser Presidente Antonio Cánovas del Castillo
Fragmento representación teatral de la obra la Campana de Aragón de Lope de Vega
Parte I
Parte II

Más Información:

Museo de Huesca

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