Juicio del jurado 1895: la Perla de Murcia II. El juicio: 21/11/1895. Segunda sesión

Día 2 21/11/1895 11:30 am

La Prensa del día comienza:

«En la mañana de hoy ha acudido a la Audiencia más gente, si cabe, que en el de ayer a presenciar la segunda sesión de este ruidoso proceso.

Desde la puerta de la calle hasta el salón de vistas, todo estaba invadido; no se podía andar un paso. La concurrencia del sexo débil ha sido extraordinaria.

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Sobre la mesa del Secretario había colocadas tres botellas, dos de ellas oscuras de rom, de las cuales una contenía líquido y la otra no; la tercera botella estaba vacía y ostenta una etiqueta que dice «J. Martínez Imbert.» La más pequeña de las tres botellas, es de vidrio claro y tiene como un dedo de líquido claro con un rótulo que dice: Para tomar a cucharadas»

Y da las gracias :

«Por disposición del Sr. Presidente de la Audiencia, el Magistrado Sr. Gali, adoptó las disposiciones necesarias para que no fuese invadida, como en el día de ayer, la mesa destinada a la prensa, lo cual ha verificado con mucho tino y merece nuestra gratitud.

Esto ha sido necesario por que ayer fue un escándalo el golpe de gente, los codazos y otros excesos, que tuvieron que sufrir los representantes de la prensa, que allí trabajaban tan penosamente. Repetimos las gracias por la delicada atención del tribunal.»

«El letrado Sr. Diez, se nos ha quejado de nuestras reseñas, por creer que damos por probados hechos que él considera improbados.

En aras de la imparcialidad lo consignamos, manifestando que la prensa es el barómetro de la opinión pública, que no puede sustraerse al influjo de esta y tiene que reflejar sus impresiones, no muy favorables en este caso a los que se acusa como autores del crimen.

Dentro de esa presión moral, hemos procurado ser circunspectos, pero nosotros siempre nos vamos con esa opinión pública a cuyo servicio vivimos consagrados»

Sobre las once y media de la mañana se reanuda el juicio.

Entran los procesados, vestidos como en el día de ayer, sentándose en el mismo sitio. El aspecto de ellos denota menos tranquilidad que la del día anterior. Una avalancha de gente invade el salón.

El Sr. Presidente impone orden, constituye el tribunal y se reanuda el juicio,

Continuación de la prueba testifical 

  • Dolores Heredia.

El Fiscal renuncia a la declaración de esta testigo.

  • María Valero. (Sobrina de Josefa Gómez) 

Pregunta el Fiscal.

F.—¿Estuvo usted en casa de Josefa la tarde del suceso?

—Si señor.

F.—¿Observó usted las tazas en que había tomado café?

—Observé que estaban fregadas.

F. —¿Sabe usted quien las fregó?

—No señor.

F.—¿Cómo vio usted que las tazas estaban fregadas?

—Porque entré a la cocina y allí las vi.

  • María Bautista Santiago.

El Fiscal renuncia a su declaración.

  • Cristina González. (huésped) 

Pregunta el Sr. Fiscal.

F.—¿Cuando ocurrió el suceso donde estaba usted hospedada?

—En la «La Perla Murciana».

F.—¿Es cierto que usted llamó a unas gitanas para que echaran las cartas?

—Si señor.

F.—¿Con qué objeto?

—Para averiguar cosas de amores y de celos.

F.—¿Conocía V. a Castillo?

—No señor.

F.—¿Es cierto que éste sostenía relaciones ilícitas con Josefa?

—Yo no lo sabía ni lo sé.

F.—¿Sabe usted si Castillo estuvo en casa de Josefa el día en que se cometió el crimen?

—Sí señor, que estuvo.

F.—¿Hablaron algo?

—Yo vi que hablaron, pero no sé de qué, porque no lo oí.

Pregunta el letrado Sr. Diez.

L.—¿Sabe usted si Castillo debía dinero a la Josefa?

—Sí que le debía.

L.—¿Es cierto que Vicente preguntó a la Josefa si había hecho eso?

—Si señor, que se lo preguntó.

L.—¿Y sabe usted a qué se refería?

—No lo sé.

A instancia del Sr. Fiscal, se acuerda un careo entre esta testigo y Antonia García.

No pudo verificarse por no haber comparecido esta testigo, por encontrarse enferma.

Sigue preguntando el Sr. Diez.

L.—¿Sabrá usted si al echar las cartas salió el rey

—Si señor, que salió.

L.—¿Y que quería eso decir?

—Que el objeto de los amores era un empleado alto y moreno.

L.—¿Sabía usted a quien se refería?

La procesada contesta encogiéndose de hombros.

Pregunta el Sr. Llanos.

L.—¿Es cierto que Vd. ha dicho que la quería un empleado alto y moreno según dijeron las cartas?

—Si señor.

L.—¿Y que dijeron entonces las cartas?

—Que ese, era empleado de justicia.

  • D. Luis Orts.

Es secretario de la Junta de instrucción pública, en cuya oficina estaba empleado el Castillo, cuando se cometió el crimen.

Pregunta el Fiscal.

F.—¿Sabe Vd. si el Castillo padecía del estómago?

—Si señor.

F.—¿Vio Vd. alguna vez el frasco del medicamento?

—No lo he visto; pero recuerdo que una vez me pidió permiso para ir a su casa por el frasco, que dijo había dejado en ella olvidado.

F.—¿Sabía Vd. si Castillo tenia relaciones ilícitas con Josefa?

—Allí se decía en la oficina y que estaba muy comprometido con esas relaciones.

F.—¿Sabe Vd. si Castillo quería traerse a su familia?

—Varias veces lo dijo en la oficina, y pidió dinero para hacerlo, manifestando que deseaba romper esas relaciones.

F.—¿Oyó Vd. decir a Castillo algo relativo a esos amoríos?

—Una vez dijo en la oficina que había tenido un disgusto con el Huertas por cuestión de celos. Allí le hicimos comprender la conveniencia de que cortara esas relaciones que tanto le perjudicaban.

Pregunta el Sr. Diez.

L.—¿Dijo alguna vez Castillo si recibía tabaco y dinero de la procesada?

—Dinero no recuerdo; tabaco si nos dijo que le proporcionaba.

A instancia del Sr. Llanos se lee la declaración de este testigo en el sumario, en la cual se ratifica.

Pregunta el Sr. Llanos.

L.—¿Ha dicho Vd. antes que una vez dio permiso a Castillo en la oficina, para que fuese a su casa por el frasco que se había dejado olvidado?

—Si señor.

L—¿Sabía Vd. entonces que el frasco contenía estricnina?

-Si señor, porque él lo había dicho.

L.—¿Es cierto que quería traer la familia?

-Si señor y pidió dinero a los compañeros

  • El testigo D. José Mª Alarcón no compareció por encontrarse enfermo

  • D. José Benimeli.

Dice que conoció a Vicente; que tenía buen trato; que deseaba traerse a la familia, según le manifestó; que no le pidió dinero para ello; pero que a los pocos días supo que el Secretario de la junta de instrucción pública le había dado ocho o diez duros, los cuales sabe que mandó a su mujer para que se viniera.

Añade que el Vicente le dijo una vez que deseaba salir de la casa de huéspedes y que lo de las relaciones lo sabe por referencia.

Aseguró que Vicente, le parecía hombre honrado.

  • D. Pedro González.

Auxiliar de la Junta de instrucción pública.

Manifiesta lo mismo que el anterior.

La defensa renuncia al examen de los demás testigos por ella propuestos.

  • D. Manuel Martínez.

Es padre del joven estudiante procesado.

Le advierte el presidente que no tiene obligación de declarar y él dice que desea hacerlo.

Dice que como herbolario ha comprado drogas en varios establecimientos y que algunas veces le acompañaba su hijo; que no autorizó a su hijo para que comprara la estricnina.

Al terminar pide indemnización de perjuicios y el presidente le contesta que ya le pagará la defensa.

  • Fuensanta Huertas Gómez.

Es hija del Tomás Huertas y de Josefa Gómez y, tiene unos nueve años de edad.

Al presentarse en estrados la inocente niña despierta vivos sentimientos de simpatía.

Viste de corto un vestido negro; medias canela; pañuelo gris con listas blancas a la cabeza y mantón oscuro.

La niña es muy agraciada y al subir a estrados su madre solloza amargamente.

La escena es profundamente conmovedora. Gran expectación.

Pregunta el Sr. Presidente.

—Niña: ¿quieres declarar? Contesta la niña con la cabeza que si.

—¿Dirás la verdad?

– Si

—Puedes declarar en favor de tu madre—añade el presidente—pero en contra no.

Pregunta el Sr, Fiscal.

F.—¿Que hacia tu madre en la tarde aquella que ocurrió la desgracia?

—Comía una cabeza de cabrito.

F.—¿Le dijo a tu padre que tomara Café?

—Si.

F.—¿Quién lo hizo?

—Lo mandó hacer al cocinero.

F.—¿Quien sacó las tazas?

—Las sacó mi madre; dos y un tazón.

F.—¿Cuando tu padre subió por la botella del rom, quien había en la cocina?

—El cocinero y el pinche.

F.—¿Que hizo ta madre después de tomado el café?

-Continuó comiendo cabeza de cabrito

F.—¿Tomaste café cuando lo tomó tu padre? .

—Tomé solo una cucharada.

F.-¿Fue de la misma taza de tu padre?

—No, de otra taza

F.—¿Recuerdas lo que tu padre dijo cuando tomó el café?

—Que estaba muy malo el café.

F.—¿Tomó tu madre café?

—Si señor, como una media taza.

F.—¿Lo hizo en la misma en que lo tomó tu padre?

—No; en otra distinta.

Pregunta el Sr. Diez.

L.—¿Es cierto que no quisiste tomar café, por no mancharte una capa nueva que habías estrenado aquella tarde?

—Si señor.

Pregunta el Sr. Llanos.

Letrado.—¿Quien hizo el café?

—Mi mamá.

L- ¿Vistes tu quien echó el ron al café?

—No lo he visto.

L.—¿Te ha dicho alguien lo que estás diciendo?

—No señor.

La niña se retira muy emocionada. Su madre está abatida y Vicente muy cabizbajo.

  • Consuelo Gómez López.

De profesión peinadora.

A preguntas del Sr. Diez, dice:

Letrado—¿Conocía Vd. a Josefa Gómez?

—Hace mucho tiempo.

L.—¿Entraba Vd. en su casa?

—Si Señor; como peinadora suya, frecuentaba la casa.

L.—¿Ha presenciado V. algún disgusto entra la Josefa y su esposo Tomás?

—No señor.

L.—¿Conocía Vd. a Vicente Castillo?

—No señor; había oído decir que estaba allí de huésped.

L.—¿Sabe Vd. si tenían relaciones ilícitas?

—No señor; una vez me dijo Josefa que los huéspedes de su casa lo suponían, creyendo que era una mujer vulgar.

L.—¿Sabe Vd. si Huertas y Vicente tuvieron disgustos?

—Dicen que los hubo.

L.—¿Que concepto tiene Vd. de la Josefa?

—Creo que es incapaz de haber muerto a su marido.

Pregunta el Sr. Llanos.

L.—¿Desde cuando frecuentaba Vd. la casa de la Josefa?

—Desde unos quince meses antes de ocurrir el hecho.

L.—¿Entraba Vd. en la casa con confianza?

—Si señor; para peinarla.

L.—¿Hablaba usted con ella?

—Cuando la peinaba.

L.—¿Conocía usted a Vicente?

—Le veía como a los demás subir y bajar las escaleras.

L.—¿Sabe V. algo de las relaciones entre Josefa y Vicente?

—No supe nada; una vez me dijo Josefa que Vicente la perseguía.

L.—¿Oyó usted decir que le habían echado las cartas a Josefa?

—No señor.

PERICIAL

Médico D. Laureano Albaladejo.

Es el médico que en los primeros momentos asistió a los envenenados.

A preguntas del Sr. Fiscal, dice:

Que estaba en el Casino, el día 8 de diciembre por la tarde cuando fue llamado para asistir a aquellos; que fue a la casa de «La Perla», y se encontró al Tomás Huertas, sufriendo horribles convulsiones. Su respiración era breve, sin que su conocimiento se extraviara, presentando todos los síntomas de un envenenamiento por asfixia. Le dijeron que en el mismo domicilio había otra enferma; pasó a visitarla y la encontró con los mismos síntomas, si bien esta había perdido el conocimiento.

En su opinión y dadas la igualdad de síntomas que en uno y otra se encontraban cree que el veneno debió ser el mismo.

Al preguntar a los de casa, qué había sucedido en la misma, se le contestó por una persona que no conoce, que no lo sabía, y que solo podían decirle que habían estado tomando café.

Pregunta el fiscal al Sr. Albaladejo, si tiene alguna duda sobre si el fallecimiento ocurrió o no a causa de envenenamiento, a lo que el Sr. Albaladejo contesta que no le ofrece duda alguna, dados los síntomas que observó, y que este fue producido por un veneno de los comprendidos en la clase de tetánicos.

A la pregunta del fiscal de como se llama este veneno, contesta: que la estricnina, en lo que no tiene la menor duda, por las convulsiones tan terribles qué observó, hasta el punto de que en los momentos de la agonía tenían retorcidos los miembros de su cuerpo.

Pregunta el fiscal si en las vísceras debieran existir o existían vestigios que pudieran manifestar que el envenenamiento era por la estricnina; a lo que el Sr. Albaladejo contesta afirmativamente, por la gran cantidad de estricnina que se propinó; mas como quiera que cuando acudió, ya se le habían propinado á los envenenados vomitivos y además como aquel día, por ser según dicen el santo de una Concha, habían comido más que de ordinario es posible que el veneno se mezclara con los alimentos y tanto por esta causa como por los vomitivos que se les dieron antes de mi llegada, no quedase en las vísceras, tanta cantidad de tóxico. De no haber comido, tanto es seguro que la muerte habría sobrevenido antes, y aun así, los envenenados, solo duraron unos 20 minutos creyendo que solo uno de ellos alcanzó la Extremaunción. Al ver por el suelo y ropa de la cama los vómitos que a consecuencia del aceite sobrevinieron, ordenó que no se tocara a nada hasta tanto que el juzgado se presentara y diera sus disposiciones.

El fiscal, en vista de lo manifestado por el Sr. Albaladejo, pide se lean las conclusiones del laboratorio químico de Madrid, pero el defensor de la Josefa, pide a la presidencia se lean no las conclusiones, sino el informe íntegro.

El Sr. Secretario así lo hace, y de su lectura se desprende que no ofrecían las vísceras enviadas señales de envenenamiento, pero que no niegan éste, porque algunos venenos se eliminan antes de morir el que lo tomó.

Prosigue el Sr. Albaladejo, preguntado por el defensor de Vicente Castillo, dice el perito D. Laureano Albaladejo, que cuando él llegó al hospedaje de «La Perla» y reconoció a los enfermos, vio manchas en las ropas de la cama, y que preguntando, le dijeron que procedían de los vómitos de los enfermos, a los que se les había dado agua caliente y aceite. Afirma que se hubieran encontrado costras de la estricnina, si inmediatamente hubiera practicado el análisis.

Añade, que con la única enfermedad que se puede confundir esa clase de envenenamientos es con el tétanos, pero que tienen con él más vida los atacados de un día y medio en adelante, y no mueren casi instantáneamente como el caso de que se ocupa ha sucedido.

Observar que el tétano es poco frecuente y que solo en los heridos es donde se presenta en mayor número. Afirma que Tomás Huertas y Francisca Grieguez, murieron envenenados con un asfixiante tetánico, que bien pudiera ser la estricnina.

A preguntas del letrado Sr. Llanos contesta el Sr. Albaladejo que cuando vio a la muchacha Francisca Grieguez le faltaban para morir tres o cuatro minutos nada más y que estaba ya sin pulso.

Dice que en la hipótesis de que no hubieran vomitado los interfectos, los rastros de la estricnina se hubieran encontrado en las vísceras.

Manifiesta que con un gramo de estricnina se produce la muerte en cuatro o  cinco horas y con mayor cantidad en menos tiempo, pero que también influye la constitución de cada individuo. Añade que en la casa le manifestaron que la muchacha después de tomar café se fue al patio y que allí le dio el primer acceso, cayendo al suelo y produciéndose la herida que se le apreció en la lengua, cuando se le hizo la autopsia. Observa que dado lo apremiante del caso, no se fijó en muchos detalles y que lo más urgente que creyó fue la Extremaunción.

A preguntas del Sr. Llanos se ratifica en que la muerte se produjo por un asfixiante tetánico, estricnina u otro parecido. Que no puede precisar la cantidad que tomaron el Huertas y la Francisca y hace otras manifestaciones de acuerdo con lo que antes había informado.

D. José Castillo.

Es el médico forense que practicó la autopsia de Tomás Huertas y Francisca Grieguez.

Terminada la lectura de las conclusiones de la autopsia, pregunta el fiscal que datos recogieron de la misma para poder formular sus conclusiones sobre el envenenamiento.

El Sr. Castillo manifiesta que por los síntomas de asfixia que observaron. Además dice que en el cadáver de la Francisca, pudieron observar que tenia en la cara una pequeña herida que debió causársela la misma en lo horrible de sus convulsiones.

Manifiesta además, que debido a la dureza de los músculos de los cadáveres, apenas si podía entrar el cuchillo con el que se procedía a la autopsia.

Observó que en el corazón había muy poca sangre, y en los intestinos sustancias a medio digerir. Que por las observaciones suyas en el cuerpo del cadáver, la muerte debió ser rapidísima.

Además, que para inspeccionar la cavidad bucal tuvo necesidad de aserrar las mandíbulas, pues la contracción de los músculos era tal, que a pesar de todos los esfuerzos practicados, no se pudo abrir la boca a los cadáveres, para la inspección de la cavidad antes citada.

(Durante este relato, aumenta el abatimiento de la Josefa)

Concluido su informe, pregunta el Fiscal al Sr. Castillo, si está conforme con las manifestaciones hechas por su compañero el Sr, Albaladejo; contesta el Sr. Castillo afirmativamente, tanto en el veneno que se empleó, cuanto en a los síntomas que debieron existir.

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La Ilustración Ibérica. 1895. BNE

El letrado Sr. Diez, pregunta al perito Sr. Castillo si la preparación en frascos de las vísceras que se enviaron a Madrid, se hizo como la ciencia aconseja en estos casos, contestando afirmativamente el perito y describiendo como y ante quien se hizo la operación. Dijo además que la estricnina deja pocos rastros por eliminarse en los vómitos y el sudor y que la eliminación antecede a la muerte.

Añadió que los rastros en las vísceras desaparecen cuando entran en putrefacción. Que la muerte se produce antes con mayor cantidad de estricnina que con menor.

El Sr. Diez pregunta a los peritos si se puede confundir el envenenamiento por estricnina con la peritonitis y los facultativos contestan que no. Después el Sr. Castillo explica los síntomas en que se diferencian.

Interroga el letrado Sr. Pérez Callejas, si la estricnina se disuelve en alcohol y contestan los peritos que sí.

L.—¿Y en el café se disuelven?

P.—Muy poco, por el calor.

L—¿Sin haber disuelto la estricnina, hubiera ésta causado los efectos que produjo?

P.—No los hubiera producido.

Contestando al Fiscal, dice el señor Castillo que en la autopsia, observó algunas manchas en las vísceras que acusaban un cuerpo extraño.

Albaladejo dice que esas manchas eran producidas por una equimosis, resultado de las convulsiones.

Termina la prueba pericial, afirmando los facultativos terminantemente que creen que la causa de la muerte, fue por un veneno de la clase da los asfixiantes tetánicos.

Se suspende el juicio por quince minutos.

Reanudada la sesión, el Sr. Secretario practica la PRUEBA DOCUMENTAL, leyendo varios folios y documentos pedidos por las partes.

A petición del Fiscal, se leyeron varias diligencias practicadas por el juzgado instructor de la causa, entre ellas las del hallazgo de los cadáveres de Tomás Huertas y su criada Francisca Griéguez, la disposición en que los encontraron a ambos y el reconocimiento del pozo de la casa, de donde fueron extraídas tres botellas.

Igualmente, pregunta el Sr. Presidente al Vicente Castillo si se conoce en las botellas que hay sobre la mesa del Sr. Secretario la que él tenía sobre su mesa, contestando negativamente.

La Josefa contestó reconociendo una de las botellas como la del ron, con la que sirvió el café de su esposo.

A petición del letrado Sr. Llanos se leyeron la certificación de buena conducta de Vicente Castillo y su partida de casamiento.

El Sr. Peréz Callejas solicitó que se leyera una de las declaraciones prestada en el sumario por el joven estudiante D. Antonio Martinez Muñoz.

El Fiscal se opuso que se leyera, fundándose en que dicho joven había ya declarado en el acto del juicio.

El Sr. Pérez Callejas retiró su petición.

Con lo cual se dio por terminada la prueba documental.

EL SR. PRESIDENTE.—¿El ministerio fiscal tiene que modificar sus conclusiones?

Fiscal.—Si; y solicitó de la Sala que el juicio se suspenda hasta mañana.

El Presidente hizo igual pregunta que al Fiscal a los letrados defensores.

Se suspende la vista hasta mañana a las once.

«Rectificación.

Hoy nos encarga Josefa Gómez que digamos, es una toquilla lo que lleva a la cabeza y no una mantilla, pues ella es muy amiga de la verdad. También nos encarga digamos que ha ido al juicio de luto, como está su corazón, desde que murió su infeliz esposo, del que se acuerda mucho. Queda complacida la procesada.

Esta ha llorado mucho durante toda la sesión de hoy.»

  1. El día de los hechos, la instrucción y la calificación.
  2. Primera Sesión del juicio.
  3. Segunda Sesión del juicio.
  4. Tercera Sesión del juicio.
  5. Cuarta Sesión del juicio.
  6. La sentencia